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Vivir en el Guasmo:

Aquí donde todo parece imposible, donde parece que no se puede avanzar, el intento, la lucha te decía lo contrario, era cuestión de mirar con cuidado, de buscar con detenimiento, de persistir, hasta llegar a tu destino.

 

Me han preguntado qué ha significado para mí vivir en el Guasmo como parte de la intervención y la inserción en una comunidad que pese a las adversidades de la vida, de la marginación y la exclusión social, no se doblega, lucha todos los días por sobrevivir y pervivir todos y cada uno de los días como un reto donde se juega su existencia misma.

 

Pregunta de respuesta compleja, cargada de una gama amplia de emociones, sentimientos y profundas reflexiones.

 

Lo primero es responder por qué vivir aquí?. No parece muy coherente lo que tengo que decir en función del trabajo que se ha hecho en este período... vivo en el Guamos porque me uní a César, íbamos a tener nuestra primera hija y él vivía en casa de su madre, una casita de caña y piso de tierra que visité algunas veces y en la que pernocté también algunas veces antes de vivir en ella.

 

Caminando mientras realizábamos un recorrido para invitar a lideres comunitarios, algunos meses antes él me preguntó si viviría aquí, mientras yo observaba una casa humilde en la que una cama perfectamente tendida y organizada podía apreciarse... entonces respondí que sí pero no tendría hijos en el Guasmo. Una mezcla de romanticismo y objetividad me embargó. Ver la humildad, la limpieza de la vivienda e imaginarme compartiendo “el amor” me parecía hermoso y parte del trabajo que emprendíamos con César, en fin un cuadro parecido a mi sueño de vida, pero ver a niñas y niños semidesnudos, mal nutridos y sin mayores oportunidades era algo que preferiría evitar a mis hijos y no sufrir la “angustia” de la pobreza.

 

Sin embargo estaba allí en medio de una casa que no había escogido, con una barriga de 39 semanas y enamorada del amor. Desde entonces mi visión de la pobreza cambió, matizada por experiencias contradictorias, duras y otras llenas de sabiduría y alegría, de una que no conocía y concebía imposible para un pobre.

 

Yo crecí en una familia de una maestra y un publicista de oficio, tenía cuatro hermanos y todo parecía perfecto: la madre dedicada a sus hijos, inteligente, luchadora, valiente, franca y honesta a más no poder. El padre abnegado, interesado en la cultura y el conocimiento, tierno y comunicativo con sus hijos y su esposa. Los dos, el modelo de pareja y padres que en la década de los 60´s se propusieron muchos jóvenes hippies y comunistas, o más claramente lo que las teorías marxistas, freudianas y Makarenko, el pedagogo ruso, proponían en sus diversos textos.

 

Por tanto mi padre se preocupó de formar nuestra conciencia social y política, de modo que hacer la revolución y “tratar de cambiar el mundo” era parte de un discurso y un ideal que me tracé muy joven. En el colegio participé de algunos congresos de derechos humanos, hacía críticas a los programas de gobierno de mi país que pretendían a través de los estudiantes y con discursos de “cómo manejar mejor el presupuesto familiar”mejorar las condiciones de vida de la población marginal, desarrollaba entonces; milité en una agrupación juvenil política de la que recuerdo las innumerables pruebas por las que tuve que pasar, sin saberlo, para que consideraran mi madurez política; las marchas en los funerales de líderes políticos reconocidos y lo mejor, las escuelas de formación política y filosófica, de las que mi padre me había adelantado mucho.

 

Sin embargo... de regreso en Ecuador buscando un espacio en el cual desarrollarme, conocía a César en un evento del Comité de Derechos Humanos y conversando largamente con él, compartíamos la idea de construir la revolución a partir y con la misma gente, puesto que con frecuencia veíamos cómo asistían a marchas y manifestaciones sin entender mayormente lo que ocurría y con sus necesidades insatisfechas jugando al clientelismo y el populismo, limitando su conciencia y posibilidades de acción más efectiva desde sus propios lugares de residencia. Y por otro lado, encontrar en las filas de jóvenes, muchos dedicados al discurso pero que no habían pisado la realidad de quienes hablaban.

 

Nuevamente yo, firme en mi idea de construir de no doblegarme ante las circunstancias de mi embarazo ni de mi nueva vivienda, anduve de arriba a abajo mientras crecía mi vientre, con los niños, con las madres, con las calles llenas de agua y lodo, con las críticas constantes de mi familia, contradictoriamente, pero les costaba verme tan entregada a una causa, que sostenían no era la mía.

 

En muchas ocasiones mientras que recorríamos las calles guasmeñas durante las lluvias, me encontraba frente a un camino que parecía no tener salida, agua o lodo por todas partes no dejaban ver a primera vista un lugar donde poner un pie para seguir... de pronto la piedra, la tablita, un lomita, el filo de la casa contra el piso, permitían sortear el recorrido. Aquí donde todo parece imposible, donde parece que no se puede avanzar, el intento, la lucha te decía lo contrario, era cuestión de mirar con cuidado, de buscar con detenimiento, de persistir, hasta llegar a tu destino. Claro para mí era novedoso, pero pronto habría de aprender que es parte de la filosofía de la mayoría de gentes con las que he tratado, entonces se desdibujó la idea del pobre “vacío”, del pobre pobrecito que hay mucho que enseñarle.

 

Muchos de mis temores se han desvanecido, ahora veo con más claridad que antes, estar con los pobres, los excluidos y marginados de esta sociedad es más que una gratificación de vida, es la vida misma que se expresa, que nos impulsa a luchar para exista una sociedad diferente, nueva, incluyente y respetuosa de los derechos de los demás, de todos y de todas...

 

Sé también que estamos apenas sembrando y en este camino de amor, de locura, de situaciones desesperantes y angustiantes, siempre se encuentran las soluciones simples a los problemas complejos de la existencia.

 

Vivir en el Guasmo, luchar y trabajar con la gente, nos hace fuertes a medida que encontramos mayores dificultades, nos hacer ser más amorosos con los demás, pues los demás nos dan muchas veces más de lo yo o nosotros damos...

Vivir en el Guasmo también es contradictorio, pues mientras la ciudad avanza en sentido contrario al desarrollo humano, la gente todavía sueña y trabaja para vivir con dignidad como quiere vivir y como tiene derecho a vivir.

 

 

Julieta Monsalve

Enero 2004-01-16


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