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Comentarios sobre niños de la calle en KUNM, Albuquerque, Nuevo México
Diciembre 2001 al presente
traducidos por Constanza Cordoni de Gmeinbauer
Imagínese a una niña pequeña, tal vez de 8 años, con cabello rubio y un suéter pesado. Su nombre es Ana Isabel, me cuenta. Son las diez de la noche en Alpujarra, una de las áreas de Medellín que la policía ha abandonado a bandas y prostitutas. Alrededor de cincuenta niños sin hogar han venido a un pequeño parque sucio, con la esperanza de encontrar en el pasto una cama más blanda que la calle. Podríamos llegar a tenerles pena a estos refugiados de guerra, de la pobreza y la violencia, pero ellos están orgullosos de haber logrado sobrevivir bajo condiciones que a ti o a mi nos habrían matado.
No se por qué pero Ana Isabel se enfureció conmigo, tal vez porque no le di dulces, como la monja que venía conmigo, tal vez porque le recordé a su padre. Sus mejillas enrojecieron, pisó fuerte, y montando en cólera tomó una bolsa de plástico que se llevó a la boca para inhalar y exhalar. Dentro de la bolsa había un tipo de pegamento que provoca un viaje instantáneo y fatal. Se acercó a mí tanto que con cada aliento suyo golpeaba la bolsa contra mi estómago. Sus ojos estaban llenos de odio contra mí, contra el mundo, contra sí misma.
La noche siguiente en Medellín encarna los contrastes que definen a Colombia. A pesar de ser famosa principalmente por su cocaína y su violencia, Medellín cuenta con un arte de vanguardia y teatro excepcionales. Fui a ver la versión minimalista de la obra griega Medea. Medea, como tal vez recuerdes, era princesa de Cólquide antes de que Jasón la sedujera y la convenciera del robo del Vellocino de Oro para él. Cuando la obra comienza, años después de la aventura de los Argonautas, Jasón ha abandonado a Medea para poder casarse con una princesa griega, unión que favorecería sus nuevas ambiciones políticas. Jasón y sus aliados han condenado a Medea a vivir en una choza lejos de Corinto y el rey la enviará pronto al exilio.
Sobre todo recordamos a Medea por su venganza sobre Jasón. El hombre la ha arruinado pero ella no tiene forma de herirlo. En su locura y desesperación, Medea asesina a sus dos hijos, que ha tenido con Jasón.
Freud hizo de Edipo la metáfora más fuerte del siglo XX. Me pregunto si Medea no es nuestro Edipo piensa en Ana Isabel: como Medea, carece de poder y ha sido olvidada. Nadie la respeta ni la ama, ni siquiera puede lograr que la gente la mire sin un sentimiento de pena. Y las personas orgullosas, se trate de gamín de las calles de Colombia o de una princesa de Cólquide, desprecian la pena.
¿Qué poder tienen Medea y Ana Isabel? ¿Cómo pueden vengarse de aquéllos que las han herido, que las ignoran, de nosotros, a fin de cuentas, que permitimos que niñas pequeñas vivan en la calle? Sólo pueden lastimarse a sí mismas. Medea asesina a los hijos que ama porque Jasón los ama. Ana Isabel destruye su cerebro con pegamento porque ve el dolor que me provoca. No necesito señalar el correlato de adolescentes palestinos que se sujetan bombas al cuerpo o de chicas americanas con anorexia. Medea es el último refugio de aquellos sin poder, desesperanzados y excluidos. Una terrible metáfora al mismo tiempo de las vidas de muchas personas en el siglo XX.
Todos recordamos la campaña de recaudación de KUNM del mes pasado básicamente porque todos estuvimos felices de que terminara tan pronto. Personalmente, debo confesar que me sentí aliviado cuando pude volver a cocinar con la compañía de la dulce voz de Robert Siegel, y fui comprensivo cuando Ira Glass en un intento cómico de alzar las acciones de NPR y eliminar las campañas de recaudación, llamó al productor de Friends. Si lo recuerdas, sugirió una canción con la que la audiencia pudiera aplaudir.
Es que el último día de la transmisión de la campaña, sucedió algo que cambió para siempre mi forma de pensar con respecto a las campañas de recaudación de fondos a través de la radio. Yo me encontraba en el centro de recursos para adolescentes de la calle en Santa Fe, jugando al ajedrez con uno de los chicos. Un muchacho buscaba comida en nuestra despensa mientras una chica buscaba entre las donaciones de ropa un atuendo para su nuevo trabajo. Varios chicos que dormían bajo un puente habían colapsado en el sofá, deseando un par de minutos de sueño digno y otros seis se amontonaban sobre una computadora para escribir emails. En términos generales, una tarde común para los chicos de la calle de Santa Fe.
Los chicos en general ponen Rage Against de Machine en el estéreo o tal vez Tupac o System of a Down. Ese viernes, curiosamente, varios quisieron escuchar jazz, por lo que cambiamos el dial a KUNM aunque a mí me gusta más el hip hop y el hardcore que a la mayor parte de las personas que han pasado los treinta, me preparé mentalmente para escuchar a John Coltrane. Entonces vinieron al aire Mary B y Marcos Martínez pidiendo donaciones y supe que alguien cambiaría de radio.
Antes de llegar a la radio, una chica se percató: ¡Miren! ¡Están gorreando! Gorrear (spange) viene de cambio de sobra, en argot de la calle, y significa pedir limosna. ¡Piensen cuánto dinero podría conseguir gorreando en la radio! siguió. A cuánta gente podría dar de comer. Me perdonarás que edite sus expletivos originales.
Para los niños que viven en la calle, gorrear no es simplemente una necesidad. Es un acto moral. Pedir limosna te mantiene humilde, dicen ya que si un hombre pide limosna no puede considerarse una isla, necesita a los otros. Esta idea me recuerda a los monjes budistas Theravada o a los franciscanos. Otros niños creen que pedir limosna restablece tu confianza en otras personas, permitiéndote ver su compasión y bondad. Pero lo más importante con respecto a gorrear es que te abre a otras personas, escuchas a otras personas y aprendes, y en esto están todos de acuerdo. La relación es breve pero es real.
¿Necesito ser más preciso sobre la conexión obvia con las campañas de recaudación por radio? Como ver a un adolescente en la calle, éstas pueden ser irritantes, preferiríamos darnos la vuelta. Pero prestar atención es lo que funda una relación: aprendemos sobre otras personas, reconocemos que dependemos de otros, mantenemos cierta humildad. Es así como la radio pública es pública.
Justo había comenzado a hacer asesoramiento de chicos de la calle cuando conocí a Helen. No se llama así, pero usaremos este nombre. Los horrores de su vida no me impresionaron. De alguna forma los había esperado. Lo que sí me impactó fue el placer, casi podría decirse alegría, que le daba contar sus historias.
Helen me contó la historia de su ex-novio: cómo la ataba a la cama, le apagaba cigarrillos en la piel o la cortaba con hojas de afeitar. Como le gritaba en el oído mientras escuchaba a todo volumen Jeremy de Pearl Jam, hasta que ella le dijera que lo amaba. Como cada vez que ella tomaba coraje para dejarlo, la amenazaba con suicidarse. Apenas puedo pensar en estas historias pasados cuatro años desde que Helen me las contó. En el momento en que lo hizo sus ojos mostraban lo que los novelistas rusos llaman voluptuosidad.
Si llevamos este sentimiento a un nivel nacional tenemos el caso de Serbia. Desde la Batalla de Kosovo Polye en el siglo XIV, los serbios han recibido palizas por parte de los más diversos imperios, el Otomano, el Austro-Húngaro, el Ruso. Escuchar a un serbio hablar de historia es una experiencia mística, en la que cada batalla perdida se convierte en un estigma de Cristo en la cruz, una prueba más de que los virtuosos deben sufrir en este mundo brutal e injusto.
Aquí reside el secreto de la rara alegría en los ojos de Helen. No como en el masoquismo, donde el sufrimiento y el placer se mezclan, en este caso el sufrimiento es redimido por la rectitud o, para ser más precisos, por la indignación justificada. Si un padrastro malvado abusa de mí o el infiel Turco me conquista, debo estar haciendo algo correcto. La víctima sufre y por ello merece ser compadecida. Pero sobre todo el sufrimiento demuestra que la víctima es justa e inocente. En caso contrario, el mal no la odiaría tanto.
Para una niña que siempre ha escuchado que no vale nada, sentirse justa e inocente es maravilloso. En el caso de un país la historia encuentra una explicación convincente convirtiendo a su pueblo en parte de un mecanismo mayor. Igualmente importante es el hecho de que proporciona un sentimiento de orgullo: por ser justos tenemos la fuerza para soportar el sufrimiento y la opresión.
Aunque pude comprender abstractamente esa alegría en el sufrimiento, nunca antes del 11 de Septiembre tuvo demasiado sentido para mí. Había pasado mucho tiempo desde que Estados Unidos había estado en el papel de la víctima. Desde la Primera Guerra Mundial escuchamos una historia diferente: Estados Unidos es un actor en el teatro del mundo, luchando contra el mal, corrigiendo los males, asegurando la libertad. Desgraciadamente, los años de apoyo a dictadores africanos y los derrocamientos de gobiernos democráticos debilitan esta teoría. Muchos americanos han comenzado a preguntarse si nuestro gobierno realmente fue justo y bueno.
Luego llegó Osama bin Laden. El hombre sigue haciendo el mal. Ataca a Estados Unidos y mata a miles de inocentes. Estados Unidos se ha convertido en la víctima del mal.
Y como Helen, en la situación de víctimas, nos podemos sentir orgullosos nuevamente. Agitamos nuestras banderas y recordamos que somos justos, buenos y libres. Nos odian por nuestra libertad, como declaró George Bush.
La historia de la víctima puede salvar la vida de una niña de la calle. Pienso en Serbia y en su genocidio en Bosnia, su limpieza étnica en Kosovo: las víctimas no permanecen inocentes.
Comentarios sobre chicos de la calles Transmisión en KWAB, Boulder, Colorado
Noviembre de 1999 a junio de 2001
¿Qué puede hacernos ver a los americanos cuán miserablemente hemos fallado en nuestra contra las drogas? El creciente consumo de drogas a pesar de los incalculables impuestos no nos termina de convencer. La corrosión general de las libertades civiles tampoco. Tampoco el decaimiento y la violencia urbanos, la destrucción de México y Colombia. Ni siquiera el inmenso crecimiento de una población de prisioneros pacíficos y el enorme gasto que implica encarcelar a personas cuyo único crimen consiste en dañarse a sí mismas. Nuestra falsa ilusión nacional inducida por narcóticos nos ha cegado con la idea de que podemos luchar contra las drogas usando prisiones y armas.
Permítaseme aclarar este comentario con una confesión personal. En mi adolescencia era el peor de los fanáticos antidrogas imaginable. A los 29 todavía no probado la marihuana. Sin embargo, ahora que trabajo con las víctimas de la guerra de Estados Unidos contra las drogas, debo reconsiderar los métodos que defendí al luchar contra los narcóticos. Muchos de los chicos de la calle a quienes aconsejo no están en la calle por culpa de las drogas, sino por la política nacional contra las drogas. Hasta que eso cambie, su vida significará luchar para dejar la calle.
Tomemos por ejemplo a un chico con el que trabajé en Nueva York. Su madre había traficado heroína mientras él crecía. Era una fuente de ingresos considerable para una madre pobre y sin educación cuyos antecedentes penales le impedían conseguir otro tipo de trabajo. Él comenzó a consumir heroína a los nueve años, y con quince su hábito era de tal calibre que tuvo que abandonar su casa y comenzar a vender su cuerpo y su propia droga para poder ponerse diariamente.
Cuando yo lo conocí, el chico tenía 19. Deseaba con desesperación dejar la heroína (y la cocaína y el tabaco y el alcohol y todas las adicciones subsidiarias adquiridas durante sus años de vida en la calle). Durante un tiempo trató de dejar solo, prostituyéndose para no tener que traficar para ganar dinero. Un chico hetero prostituyéndose como gay: Necesitaba todas las drogas que tomaba para olvidar lo que estaba haciendo.
Además de esto, el chico tenía en su expediente varias órdenes de arresto por venta de heroína, por posesión. En el momento en que se decidiese por una rehabilitación o un hospital, esas órdenes saltarían a la vista en una computadora y la ley caería drástica sobre él. Hablamos sobre la posibilidad de que un juez fuera indulgente con él considerando que estaba trabajando para mejorar pero las consultas a abogados terminaron con esa esperanza. Según pautas directrices de sentencia obligatorias los jueces no tienen discreción. Debería pasar cinco años en prisión independientemente de cuánto hubiese cambiado el rumbo de su vida. Después de haber llorado un tanto, el chico dejó mi oficina prometiendo volver al día siguiente. Nunca más lo vi.
Tomo esta historia como metáfora de nuestra política nacional de lucha contra la droga. Las leyes que hemos creado para terminar con el abuso de drogas sólo lo promueven. Imposibilitan la rehabilitación, promueven el crimen y hacen la vida inhumana a las personas a las que más queremos ayudar. El experimento ha fallado. Es tiempo de pensar en algo nuevo.
Durante los últimos meses he estado aconsejando a un joven adicto a la heroína. La droga lo ha tomado con mayor ferocidad que a cualquiera de las decenas de chicos con quienes he trabajado, pero al mismo tiempo es un chico tan dulce con ojos tiernos y lo que podría ser la sonrisa más compradora del mundo si le quedara algún diente. Cuando aparece en sus irregulares visitas, me encanta charlar con él pero me deja al borde de las lágrimas cuando se va.
Hace más o menos un mes, estaba muy pero muy feliz. Había empezado a salir con una chica. Mejor dicho, a dormir con ella. Entonces hablamos un rato sobre enfermedades de transmisión sexual, profilaxis dental, pero él quería sobre todo hablar de ella. Me contó sobre la fiesta violenta y plagada de drogas en la que se conocieron, y mientras yo sufría con las historias de peleas a puñetazos, hojas de afeitar y líneas de coca en el suelo del baño, el sólo quería que yo viera los ojos de la chica.
De repente ese brillo de su mirada desapareció. Pude reconocer que él se había dado cuenta de que algo en su cabeza no funcionaba. Se maldijo a sí mismo. ¡No! ¡Olvidé su nombre! Se quedó ahí pasmado, buscando el nombre en su mente durante unos cinco minutos, pero no lo recordaba. Salió a la calle, con el ánimo por el suelo.
Dos días después, entró de sopetón, una expresión de alegría total en su cara, y no de la felicidad de la heroína. ¡Che! gritó ¡Pude recordar su nombre! Volvió a contarme la misma historia de la vez pasada, usando esta vez el nombre de la chica cuantas veces fuera posible.
Hace más o menos una semana lo vi caminando tranquilamente y sin rumbo cerca de nuestro minibús, con el que vamos al centro de la ciudad para ayudar a chicos que viven en las calles de Santa Fe. Como no lo había visto hacía tiempo, bajé del minibús y lo llamé. Se dio vuelta lentamente y sus ojos haraganes examinaron mi cara. Sus músculos estaban fláccidos y sus pupilas dilatadas. Finalmente noté un brillo en sus ojos. Casi te reconozco, che.
En cierto sentido la historia de este chico es claramente patética y espantosamente trágica. Usted y yo no podemos imaginarnos su sufrimiento. No obstante, no quiero hablar de la tragedia. Quiero hablar de la humanidad de esta historia. Y de su profunda honestidad.
Pienso en El Idiota de Dostojewsky, la novela en la que intenta imaginar la difícil situación de un hombre verdaderamente honesto y cándido en la San Petersburgo del siglo XIX. De alguna forma, éstas son las mismas historias. El chico corrige desesperadamente su adicción, sus noches en la calle, su soledad no demos lugar a la candidez y la ironía y las mentiritas que cada uno de nosotros utiliza para defendernos en el mundo. Cuando este chico se enamora, su felicidad brilla sobre su cuerpo entero. Cuando su mente falla, no puede esconderlo. Cuando me dijo Che, casi te reconozco, le salió casi con orgullo porque encuentra alegría en el menor de los éxitos. De una forma horrible le envidio eso. Me gustaría poder ser tan honesto.
Supongo que la cuestión es cómo lograr esa honestidad por una vía más segura.
Aunque trabajo con chicos de la calle, si camino por las calles de Santa Fe con comida z ropa para chicos que viven en la calle, no le negaría un emparedado a un hombre mayor que vive en la calle. Seguramente le informaría sobre otros recursos a los que podría acudir, pero tener hambre es tener hambre independientemente de la edad del cuerpo que lo siente.
Desafortunadamente un par de hombres sin hogar en Santa Fe se niega a usar los servicios para adultos de la calle. Quizás no quieren caminar hasta el Ejército de Salvación o no les gusta la comida de las ollas populares. Tal vez prefieren nuestra compañía. Pasan cada día por nuestro minibús por comida o un poco de charla. Tengo que confesar que quiero mucho a los chicos con los que trabajo pero estos hombres me irritan.
Cuando estos adultos se van, siempre estoy diagnosticándoles alguna enfermedad mental. Le pregunto a mi jefe ¿Has notado esos ojos? Profunda depresión o Mira la forma en que se detiene antes de contestar a tus preguntas. Está escuchando voces. Esquizofrenia.
El punto es que yo mismo odio los diagnósticos. Es extremadamente irrespetuoso de mi parte asumir, sólo por tener un título de Harvard, que se lo que pasa por la mente de alguien mejor que él mismo. Además es falso. Y aún más significativo es que yo se que en la calle los diagnósticos no funcionan. La gente responde mucho mejor a la amabilidad y comprensión que a un análisis psiquiátrico. Las relaciones humanas hacen feliz a la gente mientras que los diagnósticos de un manual de psicología no.
Un día charlando con un hombre mayor me descubrí intentando determinar de qué tipo de esquizofrenia exactamente sufría. Asentía con la cabeza mientras él relataba pero mi mente divagaba por otros lugares. Me forcé a prestarle atención. Cuando se fue pude darme cuenta de qué motivación tenía para estos diagnósticos: el punto no era ayudarlo, lo hacía porque él no me caía bien. Poniéndolo en este cajón esquizofrénico podía prescindir de él, preservar la distancia entre nosotros sin sentir que era una mala persona porque él no me cayera bien. En cierta medida, como si usando mis conocimientos lo colocara en su lugar para que no me contamine.
Algo más perturbador pude comprender. Hacía exactamente lo mismo cuando era un adolescente inseguro. Intentaba explicar y comprender a todos los chicos que no me caían bien. De ese modo podía vivir con ellos y sentir que era mejor que ellos. Me pregunto hasta qué punto podemos decir lo mismo de la psiquiatría en general.
Con la focalización de la campaña presidencial de Al Gore y George Bush en la lucha contra el crimen, tengo que admitir que puedo ser poco imparcial. Los criminales duros, los drogadictos y los gángsteres contra quienes luchan son los chicos con los que trabajo cada día. Sus políticas son además de cerradas totalmente ingenuas.
Cuando trabajaba en un centro de atención a chicos de la calle en Nueva York las pandillas eran un problema constante. Recuerdo una catástrofe el otoño pasado, cuando los Crips y los Bloods, pandillas nacionales con franquicias en las zonas periféricas del centro de Manhattan, se declararon la guerra y los Bloods reclamaban nuestro centro como parte de su territorio. Reclutaron violentamente tanto chicos como chicas y cada nuevo recluta debió pasar por dos rituales de iniciación brutales: primero debía hacer sangrar a algún transeúnte inocente y luego el resto de la pandilla lo golpearía hasta casi matarlo. Muchos chicos terminaron entrando en los Bloods sea porque parecía cool o porque era necesario para sobrevivir.
Las bandas les arrancaban a nuestros chicos dinero que habían ganado en un programa de pasantías. Amenazaban a cualquiera que se animara a delatar sus acciones. Los chicos homosexuales un alto porcentaje de los chicos de la calle- estaban aterrados, los chicos transexuales se negaban a venir aunque nuestra comida sea la única fuente de nutrición que tienen. Los Bloods habían aterrorizado a los chicos y a muchos hombre de negocios en Times Square.
A pesar de pedir desesperadamente apoyo a la policía no ayudaron demasiado. Algunos tenían muy poco interés en crímenes que tenían como víctimas a chicos de la calle. Otros se desesperaban porque presentara cargos. El vigilante que asignaron a la calle tenía buenas intenciones pero podía estar en sólo lugar a la vez.
Una mañana oí de casualidad una conversación entre dos chicos. Dijeron que alguien que venía a nuestro centro era el Damu, el cabecilla de los Bloods de la periferia del centro de Manhattan. Yo estaba horrorizado ya que éste era uno de mis clientes favoritos, un joven inteligente, agradable y siempre amable, que hasta trabajaba como editor en la revista que publicaban los chicos y en la que yo ayuda. Rápidamente pero al mismo tiempo con algo de temor lo llamé para hablar con él. Obviamente negó todo tipo de vínculo con las bandas pero cuando yo insinué que su carisma le daba mucha autoridad moral ante los Bloods, asintió reacio.
Conseguiste mucho en este lugar, le dije lo más amistosamente que pude. Te ayudamos a encontrar un trabajo, una casa, ayuda médica. Y me parece que eres un chico suficientemente grande como para estar agradecido por todo eso. Asintió, me agradeció por lo que había hecho por él, como lo había hecho a menudo antes. Yo lo miraba a los ojos. Por culpa de la violencia que ha habido en torno a este lugar, nadie, pero nadie ni los chicos pobres, ni los gays, ni las chicas- pueden tener acceso a la ayuda que te hemos brindado. Me parece una forma muy mezquina de agradecer. Me miró pensativamente y cambié de tema.
Al día siguiente y gracias a haber tratado al Damu como a un ser humano, los Bloods desaparecían. ¿Me escuchas, Al Gore?
Una vez que se ha desarrollado algo de confianza con los chicos de la calle a quienes aconsejo, intento saber de ellos por qué dejaron su hogar. Normalmente abandonar la casa o ser echado les da vergüenza a los chicos y los hace sentirse culpables y débiles. Pero intento formular la pregunta porque da lugar a pensar el escape del abuso como una fortaleza, como algo que requiere valentía.
Un recién llegado respondió ayer ante esta pregunta con una respuesta muy diferente. Por honestidad, dijo el joven. En casa mis padres nunca dijeron la verdad. Tuve que irme.
Me acuclillé, inseguro sobre cómo reaccionar y luego le pregunté cómo lograba ser honesto en la calle, un lugar donde los chicos tienen que aprender a engañar y a robar y a vender su cuerpo para sobrevivir. Le llevó algo de tiempo explicarme su lógica. Las mentiras, comenzó a explicarme, te dan poder sobre las personas. Mientes sobre ti para impresionar a los otros, mientes sobre tus amigos para establecer o terminar relaciones, mientes para inspirar una seguridad falsa que luego puedes usar contra otros. Por eso no podía vivir con su familia, porque abusaban de la verdad como forma de abusar de él.
Para hacer que él viera esta honestidad como algo de lo que estar orgulloso, seguí con el tema preguntándole cómo mantenía su honestidad con la dura vida de la calle. Me miró como si yo hubiese pasado por alto algo obvio. Mentir tiene que ver con el poder, explicó nuevamente. En la calle no tenía poder. Sabía que no tenía ningún poder de modo que mentir no tenía sentido. Lo único que quedaba era la honestidad.
Se me cruzaron los versos de Janis Joplin libertad es sólo otra palabra para nada más que perder. Me pregunté si la honestidad sería lo mismo. Cuando ya no hay esperanza, ¿queda lugar para la honestidad? La conclusión había deprimido evidentemente al joven, y comenzó a deprimirme a mí también.
Miento muy mal, agregó finalmente, rompiendo el silencio que había invadido el parque en el que charlábamos. No es para estar orgulloso. Entonces cambió de tema y quince minutos más tarde se iba, con comida que le había dado.
No he dejado de pensar en esa conversación. La calle es una lección objetiva de la máxima conocimiento es poder o, para ser más precisos, convencer a alguien de que sabes algo, crear una aparente verdad: eso es poder. Con historias y manipulaciones los chicos de la calle logran conseguir trabajos, dinero, comida, sexo. Evidentemente, había una grieta en la lógica del joven. Si mentía, obtenía un mínimo de poder en la calle. Por eso me sorprendió aún más: había llevado su historia hacia atrás. Aunque decía que no tenía poder, y por ello elegía no mentir, de hecho con la decisión moral de no mentir, aceptaba la consecuencia de perder ese poder. Aunque él se esforzaba en verlo como una debilidad, existe mucha nobleza en su decisión. No estaba dispuesto a sacrificar su ética por la mera búsqueda de dinero, trabajo o respeto.
Recibí una llamada anoche. Uno de los chicos de la calle a quien yo había aconsejado en Nueva York me había seguido el rastro. Cuando yo dejé la ciudad para irme a Santa Fe, él había entrado en la Marina, y ahora después del entrenamiento básico quería procesar la experiencia.
La decisión de Jack de ingresar en la Marina me había provocado esos clásicos sentimientos contrarios. Por un lado, lo sacaba evidentemente de la calle, una vida que casi había llegado a matar a un chico inteligente, capaz y carismático. Pero también estaban las inquietudes de un pacifista de izquierda; para mí el ejército siempre ha sido el enemigo. Mi mayor temor sin embargo era la seguridad de Jack. En las calles de Nueva York exuberantemente gay, aunque él pudiera tolerar a la Marina, ¿podrían ellos tolerarlo a él?
Si bien mis preocupaciones con respecto a la violencia y al imperialismo no han cedido, resulta que mi temor a la homofobia militar era en gran parte exagerado. No totalmente convencido con las descripciones de Jack de la Marina, que lo pintan como una canción del estilo Hombres Trabajando, parece que ocho años de administración democrática han promovido tanto la tolerancia como el sentido del humor en la Marina. Jack no ha divulgado su orientación sexual a gritos pero tampoco ha tratado de mostrase heterosexual. Y no ha habido problemas.
Es aun mejor ya que sus supervisores se han asegurado de que en cualquier elogio se mencione que no solamente es un buen soldado sino que es fabuloso. Cuando fue transferido a su nuevo puesto, su comandante le dio una camiseta que lo honraba con Reina del Regimiento. Personalmente podría atribuir mucho de esto al encanto y carisma de Jack, pero también demuestra verdadera tolerancia, no sólo impuesta desde arriba sino también abrazada. Auténtica.
Ahora bien, esta tolerancia puede darse vuelta muy rápidamente. La combinación de aprobación desconcertada y humor irónico que Jack describía me recordó el tratamiento de los judías durante la República de Weimar en Alemania, no durante la época Nazi. Algunas historias recientes indican que la homofobia y el abuso sexual todavía persisten en el ejército americano. Seamos honestos. Esto es una mejora tremenda. Aun con mi reticencia a alabar a aquellos que nos trajeron a Mi Lai, el ejército parece haber hecho un gran progreso en lo que concierne a la tolerancia de gays y lesbianas. Claramente no tienen un rol de liderazgo, como sí tenían en el caso de la abolición de la segregación racial, y aun necesitan mejorar, pero desde la perspectiva de un soldado raso, y de uno muy dispuesto a criticar, la situación parece haber mejorado bastante.
Un chico a quien yo había aconsejado hace dos años me encontró la semana pasada en la Plaza de Santa Fe. Siempre me interesa saber qué es de la vida de aquellos chicos con los que he trabajado. Esta historia me alegró sobremanera. Fanfarrón contó que estaba de vuelta de un viaje alrededor del mundo. Trabajando como cowboy en Australia, haciendo montañismo en el circuito del Anapurna en Nepal, de mochilero en Tailandia. Su vida se había transformado. Como las aventuras que describía había sido mi vida durante varios años. Sólo que él había emprendido el viaje como escape de la calle y esto fue posible por medio de una beca de investigación. Este puente repentino sobre el espacio entre los chicos de la calle y yo, la experiencia que compartimos, me dejó helado, me hizo repensar mi trabajo.
La mayoría de los chicos terminan en la calle debido a la pobreza y al abuso, pero aquellos que se quedan en la calle, a menudo lo hacen porque creen que no corresponden en la cultura establecida. Los viajeros australianos y noruegos que solía conocer en Quito, Lhasa o Estambul opinaban igual: buscaban aventuras y peligros para escapar a una cultura para ellos aburrida y carente de significado. Los excluidos de Oslo recorren el mundo mientras los excluidos de Santa Fe terminan en la calle.
¿Qué pasaba con los marginales en el siglo pasado, o en otros momentos de la historia? Pienso en el joven Herman Melvilla, escapando de América como marinero, o los chicos que escapaban para unirse a la Legión Extranjera Francesa, los segundones españoles que dejaron España para conquistar América, las hordas que chicos de 16 años que convergieron en Sutters Mill durante la fiebre del oro en California. En el año 2000, la mayor parte de estos aventureros y exploradores puede estar en las calles, viniendo a mí por un sándwich y algo de consuelo.
La América de hoy no tiene lugar para sus marginales. En cierto sentido esto resulta obvio: no se adaptan. Pero también es trágico. No hace mucho aquellos jóvenes que buscaban rebelión o significado o escape lo podían encontrar en un barco, en tierras inexploradas, formando parte de una horda conquistadora. Me encanta que los jóvenes sin afectos y apoyo no vayan más a matar indios y africanos, pero deseo que la obsesión de la sociedad americana con las posesiones y el dinero dejara algo de lugar para aquellos jóvenes que quieren otra cosa.
Si hoy en América tienes 18, eres algo rebelde, estás insatisfecho con el estilo de vida establecido, no encuentras barcos para ir en busca de historias para tus futuras novelas. No hay fronteras que explorar ni oro que encontrar. Nuestros Melvilles y Kit Carsons terminan en la calle, donde los llamamos locos, delincuentes, haraganes, punk de los bajos fondos. Quién sabe lo que los novelistas y exploradores están perdiendo porque nosotros sólo les ofrecemos las calles.
Franz Kafka dijo en alguna ocasión que hay dos cosas ciertas. La primera es que el Mesías vendrá. La segunda es que vendrá demasiado tarde. En los últimos meses hablando sobre sexualidad con los chicos de la calle con los que trabajo me he estado preguntando el autor cínico-cómico no tendría razón.
Durante los últimos treinta años, aproximadamente desde que la Policía de N.Y. allanó el bar gay Stonewall a fines de los sesenta, gays, lesbianas, bisexuales, transexuales y una serie de minoridades sexuales han luchado por ser considerados seres humanos y no que se los discrimine por desviados o pecadores o cualquier otro término que los conformistas o creyentes conservadores hayan acuñado. Dado que no había nacido cuando Martin Luther King estuvo en Selma, y poco puedo recordar de ERA, ésta ha sido la lucha por derechos civiles con la que he vivido.
Y a pesar del lento progreso en muchos lugares la lucha ha sido victoriosa. No sólo en temas como empleo, vivienda y los aspecto más formales de la legislación de los derechos civiles, sino también en las actitudes diarias de muchos, quizás de la mayoría de los americanos. Aun el Partido Republicano ha bajado el tono en su retórica agresiva contra lo homosexual. Es cierto que el camino es largo pero preferiría ser un chico gay hoy y no hace diez años.
Entonces si el metafórico Mesías de los derechos de los gays no ha llegado, al menos ha enviado una nota para decir que está en camino. El problema es, según los chicos con quienes trabajo, que en realidad ya no importa.
¿Qué? Se preguntará. ¿Cómo es posible que la orientación sexual no importe? Una de las lecciones más importantes del feminismo y de la liberación gay es que la sexualidad es esencial en nuestra existencia. Los chicos con quienes trabajo están de acuerdo y son más conscientes de su sexualidad de lo que yo lo era pero no pueden llegar a comprender qué es identidad sexual.
Una de las preguntas opcionales que hacemos a los chicos de la calle cuando vienen por comida o por una ducha o sólo para tener algo de calor, es si se identifica como heterosexual, gay o bisexual. No es una pregunta que me guste hacer pero nuestros fundadores quieren tener ese tipo de información y ellos tienen el control del presupuesto. Recientemente, sin embargo, he conocido a muchos fugitivos y chicos de la calle que no tenían idea de cómo enfrentar esta pregunta.
Hablé con un chico que había tenido sexo tanto con chicos como con chicas, por lo que sugerí que bisexual podría ser la respuesta correcta. Pensó unos segundos y luego dijo que no se sentía bien, que no tenía interés en la cultura bisexual o gay, qué no se identificaba. Finalmente dijo que no era heterosexual, bisexual u homosexual, simplemente era sexual. Lo dejamos así.
Este chico era blanco. Un chico de la calle poco representativo de la cultura americana. Los latinos con los que trabajo aquí o los negros con quienes trabajaba en Nueva York no habrían compartido esta posición. Aun así hay algo que está cambiando en el modo en que los americanos entendemos la sexualidad. Es sólo que no se de qué se trata.
¿Por qué me anda odiando? (Versión argot)
La primera vez que escuché este argot de los chicos de la calle con los que trabajo, tengo que admitir que estuve confundido. Esta frase puede provenir de un hombre joven que acababa de seducir a la belleza local o de una mujer joven que había conseguido un trabajo o una forma de dejar la calle. Otros pueden haberlos envidiado, o pueden haber estado celosos pero decían ¿Por qué me andas odiando? ¿Qué tenía que ver con odiar?
Finalmente, después de haber preguntado unas cuantas veces, uno de los entendidos en hip hop accedió a explicarme la frase. Odiar, me explicó, viene de odiar al ganador, (playa hatin) donde un ganador es un tipo que se ha tirado a muchas chicas. Un odioso de un ganador envidia el éxito de los otros. Odiar se podría manifestar en una mirada celosa (la versión urbana postmoderna del malojo), chismes sucios o incluso sabotaje para devolver al ganador al fango.
Al principio me puse furioso con el sistema escolar que nunca lograron enseñar el vocablo envidia como parte del vocabulario escolar; pero de hecho en el último año chicos de la calle en Nueva York y Santa Fe me han convencido de que odiar al ganador es un concepto útil.
Permítame dar un paso atrás. Tal vez un paso de un siglo hasta el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Con el Cristianismo, según Nietzsche, los pobres y los débiles encontraron una herramienta de poder. Habían odiado siempre a los fuertes y a los ricos que los oprimían, pero con esta nueva religión, podían afirmar que Dios los ama sólo a los humildes y a los dóciles. Los orgullosos y fuertes no sólo eran poderosos sino malvados. Nietzsche afirmaba que gradualmente la idea de que poderoso igualaba a malvado y débil a bueno se volvió tan dominante que los débiles pudieron dominar a los fuertes e imponer un sistema basado en lo que él llamó moralidad esclava. Una vez convertida la debilidad en virtud, todo lo bueno y noble de la humanidad comenzó a desmoronarse, llevándonos a la cima de la miseria que Nietzsche veía en la Alemania de 1880.
Ahora bien, la historia del Cristianismo es evidentemente mucho más complicada que la hipótesis de Nietzsche. He aquí mi punto: los cristianos de Nietzsche son los envidiosos de ganadores originales. Seguramente Nietzsche utilizó otro término el francés ressentiment que siempre resulta extraño en su prosa fuerte y casi brutal - pero su mensaje era en principio el mismo que el chico había utilizado al conseguir un empleo: No me estés odiando.
Aún si los hechos históricos que Nietzsche analiza no son del todo satisfactorios, su crítica de la envidia no lo es. Sea en el trabajo, en la familia, en la propia comunidad, el éxito inspira muy a menudo resentimiento, no sólo envidia, sino un deseo perverso de sabotear a la gente que ha logrado hacer camino. Yo pude verlo en la universidad, lo veo en las agencias de servicio social donde he trabajado, y lo veo siempre que alguien intenta escapar a una cultura de pobreza. Y ese deseo lastima no sólo al ganador al que envidiamos sino a todos nosotros.
Escucha entonces a los chicos de la calle: no andes envidiando por ahí.
Si uno sabe moverse en la Zona Siete de Guatemala, un barrio increíblemente pobre al sudoeste del centro, se puede subir a una suerte de acantilado y ver el basural de la ciudad en el barranco. Miles de buitres sobrevuelan la zona. El humo sube desde muchos fuegos que arden en las profundidades de los deshechos. El hedor produce náuseas a cualquier observador, aún a 500 pies de altura sobre los camiones que se mueven lentamente a lo largo de las laderas del barranco. Si se mira con detenimiento, se puede distinguir figuras siguiendo a cada uno de los camiones, y otras más esparcidas sobre esa superficie de varias millas cuadradas. Miles de personas, literalmente miles, sobreviven de la recolección en la basura. Les pagan a los conductores de camiones por el derecho a buscar en su carga y luego vender lo que encuentren.
Casi asfixiado por el humo y el hedor, volví a la entrada y caminé hacia el borde del basural donde había una pequeña iglesia abandonada. Los gritos alegres de niños traspasaban las mugrosas paredes de concreto de la iglesia. Cuando entré, muchos se me abalanzaron hacia mí: ¡Léenos de nuevo el cuento de hadas, por favor, por favor! pidió uno de los chicos. ¡Y haz las voces! ¡Tienes que hacer las voces!
Estos chicos viven en el basural. Sus casas están hechas de basura recogida. Sus familias, si las tienen, recolectan basura desde el amanecer hasta el ocaso. Su cena es a menudo lo que recolectan del camión de la basura. Sobrevivir hasta el cuarto año de edad es simplemente un milagro, ya que la mitad de los niños muere antes de su primer cumpleaños. La mitad.
A pesar de las condiciones que hacen que el Infierno de Dante se parezca a un verano en Miami, los niños ríen. Gracias a Safe Passage (Camino Seguro), un pequeño programa en la iglesia abandonada, también reciben un par de comidas limpias por día y vitaminas que les pueden ayudar a resistir las miles de infecciones que habitan el basural una de las cuales se apoderó de mi garganta. Camino Seguro también les enseña a leer, arte y habilidades pre-escolares simples que uno nunca aprende en el basural: cómo jugar con otros, cómo escuchar un cuento, cómo lavarse las manos cuando están sucias.
Las escuelas públicas en Guatemala siempre se negaron a enseñar a los chicos del basural, casi como las escuelas de blancos en Estados Unidos hace cincuenta años, donde se rechazaba a los niños negros en la puerta. Camino Seguro trabaja para cambiar esa situación. La directora pasa la mayor parte de su tiempo con directores, maestros y consejeros escolares, engatusando, amenazando y discutiendo para lograr ingresar a los niños en la escuela. La directora es una americana rubia y alta, por lo que a veces sus peticiones se hacen escuchar. Es la primera vez que los chicos del basural asisten a la escuela. Tienen una oportunidad no una buena, pero una al fin- de escapar del basural.
He aquí, tal vez, lo más sorprendente. La organización que dirijo le dio a Camino Seguro $3000. Resulta que este dinero puede mantener su trabajo durante tres meses, ayudando a 100 chicos por día. Un lugar donde con poco dinero se puede hacer mucho. Voy a hacer una excepción en mi política de no pelear por organizaciones particulares: para ver cómo se puede ayudar escríbale un correo electrónico a hanleydenning@hotmail punto com
Probablemente recuerde a San Cristóbal de las Casas de hace seis años. Es una ciudad colonial en el sur de México, donde el Ejército Zapatista de Liberación Nacional por primera vez apareció a través de las cámaras de televisión, donde Mayas rebeldes con máscaras de esquí y rifles de madera pusieron en escena la primera revolución post-moderna.
Aunque hace tiempo que no hay violencia, los zapatistas están armados en las montañas que rodean San Cristóbal, por lo que tengo que reconocer que tuve algo de miedo cuando mi ómnibus llegó a la ciudad con la salida del sol. Pero la guerra significa refugiados, y los refugiados implican chicos de la calle, y en un viaje para investigar la situación de los chicos de la calle en México, no podía evitar una ciudad sólo porque se encontrar en el medio de una zona de guerra.
La sorpresa más grande no fueron los chicos de la calle, ni siquiera las pequeñas muñecas enmascaradas de Subcomandante Marcos que se vendían en la calle. Lo sorprendente era ver a los turistas: miles y miles de caras blancas con pelo largo o rastas, narices perforadas con anillos, mochilas guatemaltecas, en fin, el tipo de gente que yo habría esperado encontrar en una manifestación contra la Organización de Comercio Mundial en Seattle. Había viajado ya por zonas de guerra, pero en Colombia o en Turquía del oeste, yo había sido el único extranjero. Aquí, de repente, la guerra se había convertido en una atracción turística.
En cierto sentido deberíamos haber esperado esto. La toma de San Cristóbal llevó a los zapatistas a ser noticia, pero desde 1994 han peleado la mayor parte de sus batallas en Internet. El Subcomandante Marcos, un ícono carismático instantáneo, con su postura orgullosa y su pipa, colocaba sus comunicados ocurrentes en la red, llenos de referencias a Shakespeare y a Cervantes. Para los jóvenes internetizados de izquierda los jóvenes de un mundo tan cómodo como aburrido y sin sentido - no podía haber mayor héroe. Era evidente que ellos habían venido a San Cristóbal: era una peregrinación.
No es mi intención convertir a San Cristóbal con mi tono irónico en el escenario de una farsa. La verdad es que la mayoría de los mexicanos con quienes hablé coinciden en que los zapatistas fueron la razón de mayor peso de la caída del notoriamente corrupto Partido Revolucionario Institucional este verano. Y muchos de los jóvenes que conocí mujeres con narices perforadas de Barcelona, hippis de Dinamarca, lesbianas de Noruega - convirtieron sus fantasías revolucionarias en obras buenas, trabajando para el transporte de agua en pueblos remotos, monitoreando las violaciones a los derechos humanos, enseñando a chicos pobres a leer. Aun así, turismo de guerra
. Me da risa.
Resulta que los radicales de los sesenta no sabían nada. La revolución se televisará, y se subirá a la red. Y miles de turistas irán al sitio, desesperados por estar en el momento en que los eventos históricos se sienten reales, desesperados por un lugar donde el coraje tiene sentido y su trabajo significa algo más que beneficios para una multinacional. Y allí, en medio de una revolución, los chicos de la calle les venderán muñecas enmascaradas de Subcomandante Marcos.
El auditorio atestado de gente en un suburbio al sur de Ciudad de México había esperado con paciencia durante la discusión de panel sobre la defensa de los derechos humanos de los chicos de la calle. La tensión había sido palpable y todas las miradas se habían dirigido al hombre voluminoso aunque de corta estatura en el centro del escenario. Los flashes de las cámaras fotográficas iluminaban el espacio mientras los reporteros llenaban página tras página con sus notas. La situación me recordó a la conferencia de prensa de una estrella del rock de vida recluida que había salido de su escondite para promover una causa que le importaba mientras a la prensa sólo le interesaba sentir su aura.
Cuando la conversación terminó, la audiencia se abalanzó sobre el escenario, las cámaras ininterrumpidamente haciendo clic, gente gritando preguntas. Y Samuel Ruiz, el Obispo de Chiapas, con amabilidad empujó de su lado a esta muchedumbre para poder hablar con tres niños de diez años. Sus ojos hiperactivos mostraban varios años de vida en la calle pero ahora sus bolígrafos danzaban alegremente sobre sus cuadernos de notas. Escribían para un periódico para chicos de la calle y parecía que el Obispo Ruiz les había otorgado una entrevista exclusiva.
A pesar de mi violenta oposición a la adoración de héroes, tengo que admitir que esto me movió, ya que ignorar a las cámaras de televisión para responder a las preguntas de chicos de la calle es en el mundo postmoderno lo más cercano a la santidad que se puede llegar.
Samuel Ruiz, para aquellos que no están al tanto de la política latinoamericana, cambió la historia de México. En su investidura de Obispo de Chiapas, envió a cientos de catequistas y maestros a las pequeñas poblaciones mayas en las montañas, pidiéndoles no enseñaran el Papa o la Cruz, sino el verdadero mensaje de Cristo: proclamar buenas nuevas al pobre, dar la vista al ciego, y exigir la liberación de los prisioneros y la libertad de los oprimidos. Insistió en que las tradiciones y la religión mayas son un don de Dios que no debe ser ignorado o descartado. En el curso de las últimas décadas, esas lecciones se volvieron orgullo, luego resistencia a los ricos y poderosos, y finalmente en la rebelión zapatistas y en la caída del gobierno mexicano en las elecciones este verano.
Y después de cambiar el rumbo de la historia, prefiere hablar con niños pobres a los méritos que le atribuyan. Saltemos a la Madre Teresa: Samuel Ruiz tiene mi voto para el santo patrón del tercer mundo.
La escena en el auditorio me puso feliz: no sólo el aura de un gran hombre, sino también el hecho de que los mexicanos hayan elegido a un héroe digno. También me volvió pensativo: ¿Cuánto tiempo hace que los norteamericanos no podemos mirar a alguien de esa forma? Probablemente desde que Martin Luther King fue asesinado. Desde entonces hemos sido malditos con Charles Barkley y Madonna como héroes. ¿Qué está faltando en Estados Unidos? ¿Por qué no tenemos a un Samuel Ruiz?
Quizás no sabemos dónde mirar. O acaso los santos aparezca dónde más se los necesita.
La semana pasada, uno de los chicos con quienes trabajo vino eufórico al centro de atención. Un amigo le había prestado un snowboard y lo había llevado a la estación de esquí de Santa Fe y la experiencia le había dejado una sonrisa en la cara que no creo pudiera quitarse ni con cirugía.
¿No estás muerto? le pregunté recordando mi primer día en un snowboard, cuando un millón de volteretas sobre las puntas de mis pies habían dejado moretones en las palmas de mis manos y los músculos más irritados que puedo recordar.
Su sonrisa se volvió un poco más pensativa. Seguro, me golpeé bastante, pero sé caerme.
Unos cuantos días más tarde volvió el mismo chico. Habría ido al cirujano plástico, me pregunté, ya que su sonrisa permanente se había borrado completamente. Hablamos un rato, jugamos una partida de ajedrez, y finalmente, de a poco la verdad empezó a salir. El tipo de verdades que componen las pesadillas de todos.
Hacía un par de meses, un conocido lo había invitado a él y a su novia a dormir sobre el suelo durante el invierno. Por entonces, había parecido un gesto amable. Pero luego el héroe de mi historia había descubierto a su novia y a su anfitrión desnudos en la cama.
Mi corazón se contrajo. Él movió su caballo y puso a mi rey en jaque.
Me impresión cómo manejas esto, le dije, tratando de encontrar algo bueno para decir, un pedacito de luz para la nube más negra que puede oscurecer al sol de un joven.
¿Recuerdas lo que te dije? preguntó. Sé caerme.
Si hay algo de verdad en el dicho según el cual el sufrimiento construye el carácter, esa verdad está en sus palabras. Y desgraciadamente la vida se ha vuelto tan fácil para la mayoría de los norteamericanos de clase media y alta que no tenemos oportunidad de aprender a caernos. Me imagino a un chico promedio en las mismas circunstancias: necesitaría años de terapia, una receta para Zoloft y una nueva muñeca. Para un chico que ha vivido en la calle durante años, literalmente acuchillado por su padre en la espalda, la experiencia es evidencia de que la vida es horrible, pero no lo destruye a uno.
En las calles, entre huérfanos, las chicas que han sido abusadas durante años, los chicos gays echados de sus casas por sus padres y chicos de familias demasiado pobres para mantenerlos, sí hay algunos chicos ricos. La vida de Jack Kerouac les resulta romántica, y pueden llegar a hablar de las alegrías de la ruta abierta, pero en verdad, quieren aprender a caer. La mayor parte de los chicos de familias americanas no tienen oportunidad de llegar a vislumbrar de qué están hechos, de ver si son dignos de sí mismos.
Al final hay una simple lección y una aplicación más complicada. Todos necesitamos aprender a caer mejor. La cuestión es cómo.
Tal vez vuelva al snowboard.
¡Trabajadores del mundo, únanse, no tienen nada que perder excepto sus cadenas!
Las famosas palabras de Kart Marx, erróneamente aplicadas en decenas de países en el curso de un siglo, hicieron poco para avanzar en el tipo de comunismo utópico con que él soñaba. Raro sin embargo que el escarbar por dinero de las multinacionales haya dado más muestras de comunismo real que la propia Unión Soviética.
Desafortunadamente no estoy hablando de algo que pueda tocarlo a usted o a mí. Es sobre las vidas de los jóvenes de la calle con quienes trabajo. Créase o no, el mundo del capitalismo multinacional les ha traído beneficios nunca vistos.
Pasemos mirada por un día en la vida de un chico de la calle en Santa Fe. Se levanta a la mañana, tal vez en una tienda de dormir en las montañas sobre la ciudad, tal vez en el sofá de un amigo, o en la cama de alguien. Tenemos que ser honestos en que esto no es una utopía. Luego cruza la ciudad hasta el McDonalds local. Como los adolescentes son seres sociables, en la gran expresión de Marx, conoce al empleado detrás del mostrador. ¿Crees que puedes arreglar con algo? Un par de Egg McMuffins aparece sobre el mostrador. No hay que pagar.
Dado que se trata de Santa Fe, nuestra heroína camina en dirección al centro para sentarse en un café un rato. No conoce al empleado en la barra del Starbucks pero luego de una breve charla, un poco de coqueteo y una confesión de bancarrota, él le da gratis una mocca latte. Ella se sienta con un New York Times encontrado por ahí y pasa su mañana.
Aburrida, camina hacia la ruta de acceso al área de esquí y hace dedo dado que hacer autostop para ir a esquiar es una tradición atemporal, es un camino fácil hasta el área de esquí, donde un amigo le da un snowboard gratis del local de alquiler, y los chicos sin hogar o casi sin hogar que manejan los ascensores la dejan pasar sin ticket.
Nos podemos imaginar almuerzo y cena con el mismo tipo de funcionamiento ir a restaurantes fast-food, donde conoce a los cajeros, ergo gratis. Desafortunadamente, dormir sigue siendo un problema tendrá que volver a su tienda de campaña, esperando que nadie le haya robado su bolsa de dormir.
No quiero poner en escena un estilo de vida de ensueño porque claramente no lo es a la noche, ser un chico de la calle es horrible, y pagar por una hamburguesa o un snowboard gratis puede llegar a ser más explotador que el dinero mismo. Sin embargo, en el mundo del capital multinacional es posible depender de la amabilidad de los desconocidos. El cajero de McDonalds no tiene ningún interés en los beneficios corporativos; ¿cómo puede hablarse de robar un café en Starbucks? Si son más ricos que Croeses. No hay culpa en ello, ni siquiera es robar.
¿Qué significa esto para el mundo? ¿Para la política? ¿Para la promesa del comunismo? No estoy seguro. Lo que sí es cierto es que el capital ha destruido a un cierto tipo de ética, de responsabilidad, de lealtad. Para los chicos de la calle, eso es una gran cosa. ¿Y para el resto de nosotros? No estoy seguro.
Debajo de las arcas de lapa, el famoso viaducto de Río de Janeiro, varias familias pobres habían instalado chozas de palos y hojalata. La policía vino a menudo a destrozar las viviendas precarias y a golpear a la gente sin hogar, pero cuando tu casa está hecha de cartón, es fácil de reconstruir y por esto estaban de vuelta cada mañana. Sobreviven recolectando latas, reciclando papel y vendiendo chicles en las esquinas.
De alguna manera una de esas familias había encontrado un sofá de cuero viejo, y cuando el sol se ponía detrás del Cristo Redentor, dos niñas y su hermano pequeño saltaban sobre el sofá como si fuera un trampolín, cantando el último samba con el que había terminado el carnaval. Su alegría se sentía como una bofetada al diablo, un manifiesto vibrante de que pobreza no es miseria. Después de seis semanas en Brasil, pensé en tomar eso como metáfora para el país: la risa contra el sufrimiento, las canciones contra la muerte.
Un reportero apareció bajo los arcos, con un cuaderno en una mano y una cámara en la otra. La madre de los chicos, que había estado parada en el frente de la choza, los ojos bien abiertos para la policía al otro lado de la plaza, echó al reportero. Había visto las noticias en la tele la noche anterior en Brasil todos miran las noticias - y sabía que los medios no tenían consideración con los sin techo. No, no, dijo el reportero yo quiero contar la historia desde su lado. Discutieron un rato, luego hablaron y finalmente la madre accedió. Le permitiría sacar una foto de sus hijos.
Durante la discusión, los niños habían seguido saltando y cantado, ahora otro samba, você pagou com traição! pero el periodista les pidió que dejaran de cantar, que se sentaran, para poder mostrar cuánto les había hecho sufrir la pobreza. Los niños no lo lograron. Aún en esa miseria estaban felices. Sea con cámara o sin cámara.
¿Por qué, me pregunto, nos motiva tanto la pena? El periodista quería sacar la historia del lado de los pobres, quería promover la construcción de un refugio para los sin hogar. Y sabía que los brasileños ricos, como los norteamericanos, no quieren ayudar a niños felices. Queremos ayudar a los chicos de la miseria para tenerles pena. ¡Deja de saltar! ¡Quiero hacerte una foto!
Qué forma cruel de hacer caridad, pedir miseria antes de ayudar. Tener compasión de la gente donde quiera que sea es un desafío para usted, para mí. ¿Cómo podemos motivarnos por medio de la justicia en lugar de por pena? ¿Cómo podemos conseguir una casa para los chicos y dejarlos seguir bailando?
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