Los servicios pro niños de la calle en Latinoamérica.
Cualquiera que haya trabajado en un comedor de caridad o en una casa de beneficencia en Europa o en los Estados Unidos podría pensar que resulta difícil entender las directrices de una organización pro niños de la calle en Latinoamérica. En México, una organización de ayuda humanitaria insiste en que nosotros nunca proporcionamos alimentos. En Brasil, varias organizaciones han desechado el concepto de casas de beneficencia y, en su lugar, han preferido trabajar con familias. En una pequeña ciudad de Argentina, el trabajo con los niños de la calle ni siquiera se lleva a cabo sobre el terreno. Y lo que es más significativo, quizá nunca lleguen a sus oídos palabras como caridad o servicios de asistencia social; lo que oirá será protagonismo, sujeto social, y antiasistencialismo.
Pero, ¿qué tendrán que ver los conceptos protagonismo, sujeto social y antiasistencialismo con la asistencia social?
Pues no demasiado.....al menos no tal y como los norteamericanos y los europeos la conciben.
Quizá lo mejor sea partir del concepto asistencialismo. Se trata de un vocablo derivado de la palabra asistencia, que equivale a ayuda o auxilio, y cuyo significado originario era, en latín, estar cerca de. Recientemente surgió la acuciante necesidad, sobre todo en los países de Latinoamérica, de acuñar un término nuevo que hiciera referencia al marco teórico de los servicios de asistencia. Así nació el concepto asistencialismo. Es importante señalar que en las organizaciones que trabajan con niños de la calle, se califica el asistencialismo de pecado institucional por excelencia, porque, para la mayoría de las organizaciones y de sus empleados, la ayuda directa sólo crea dependencia y contribuye a que los niños sigan en la calle.
Las agencias norteamericanas y europeas que ofrecen servicios de asistencia social han nacido del Estado de Bienestar, instaurado en estos países después de la Segunda Guerra Mundial, y, en ocasiones, se las ha vinculado a la Iglesia; en cambio, en Latinoamérica, estas organizaciones de ayuda humanitaria han bebido su doctrina de la revolución. Aunque pocos trabajadores han sido revolucionarios, propiamente dichos, todos ellos se inspiran en las ideas de Che Guevara, en la doctrina de los Sandinistas y del Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, y también en las ideas de los Tupumarus y de Salvador Allende. Así, mientras que en Europa se dice que el gobierno tiene la responsabilidad de ayudar a los pobres, en Latinoamérica se insiste en que es el pueblo quien tiene la responsabilidad de tomarse la justicia por sí su propia mano.
A menudo, los visionarios responsables de organizaciones latinoamericanas pro niños de la calle se han adentrado en los ámbitos de la filosofía y la sociología, y con los conocimientos adquiridos en torno a las relaciones sujeto-objeto han podido enriquecer su visión del mundo. Según estas relaciones, el carpintero es el sujeto, y una silla su objeto; la escritora es el sujeto, y un libro su objeto. Y, según la crítica que los latinoamericanos hacen a la labor de asistencia social al estilo norteamericano, el asistente se convierte en el sujeto y el indigente en su objeto. Esto implica que el asistente realiza todo el trabajo, y da de comer al niño de la calle, pero a la vez le priva de su propio poder, de su propia dignidad, y del orgullo por haber podido salir adelante solo.
Estas organizaciones no son partidarias de que los niños se conviertan en el objeto de nuestra caridad o nuestra compasión. Quieren que los niños sean el sujeto. En algunos casos, como el de la organización ADEJUC de Guatemala, o el del Projeto São Bernardo de São Paulo, o el Taller de Vida de Bogotá, se intenta que los niños sean sujetos políticos, que reivindiquen sus derechos humanos o que ocupen un cargo político de ámbito local. En otros casos, los niños se vuelven sujetos de deseo, que aprenden a buscar refugio en nuevos placeres: el placer de la música en lugar del placer de las drogas, la sensación de libertad que proporciona la danza en lugar de la libertad que se siente en las calles. Los esfuerzos que realiza el Projeto Axé para enseñar el deseo han surtido un efecto extraordinario. A veces, los niños de la calle se convierten en profesores, como en la Fundación de Organización Comunitaria (FOC) de Buenos Aires, o aprenden a ser educadores en salud, como en Acción Educativa. Algunas de las más prestigiosas organizaciones forman a las muchachas para que eduquen a sus compañeras en materia de sexo, como en Transas do Corpo o De Joven a Joven, o para que den consejo a las que han sido víctimas de una violación o de abusos sexuales, como en Cecria. Otros niños se hacen sujetos económicos, y poniéndose a cargo de una revista en La Luciérnaga (Argentina), o administrando una empresa de provisión de alimentos en El Caracol (México). También existen casos especiales como el de Benposta (Bogotá), un lugar que parece una casa de beneficencia y que, en realidad, es una república democrática de niños, donde se forma a líderes de la comunidad.
Puede que algunas palabras empleadas a lo largo de esta disertación suenen pomposas; de hecho, sujeto y objeto, al igual que existencia y esencia, son conceptos que seguramente han quedado arrinconados después de aquellas clases de filosofía en el instituto. Pero, en Latinoamérica, estas ideas son la clave para quienes trabajan con los niños de la calle; para quienes, en definitiva, se esfuerzan por proporcionarles las herramientas necesarias para que se conviertan en los protagonistas de sus propias vidas.