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Taller de Vida

Nadie sabe cuantos refugiados viven en Bogotá, pero la cifra facilmente podría llegar a más que un millón. La guerra civil lanza cada día más familias a la ciudad, y sus niños, que no están preparados para entrar a los colegios urbanos, salen a la calle para trabajar o para reducir la carga económica que sufren sus papás. Todos tienen cicatrices de la violencia, y pocos saben cómo vivir y convivir en una ciudad de 8 millones de habitantes.

Taller de Vida surgió en 1993 para revindicar los derechos de los refugiados (en Colombia, se habla de “desplazados,” porque un “refugiado,” según las ONU, ha cruzado una fontera internacional). En ese momento, los desplazados eran líderes comunitarios, concientes políticamente, y expulsados de sus comunidades por las autodefensas (guerrilla de derecha), y esta gente formó la dirección del Taller. Al principio, el programa era para madres, pero ellas llegaron con sus hijos, y había que encontrar algo para ellos, también.

Ahora, el perfil de Taller de Vida ha cambiado. Los desplazados ya no son líderes ni izquierdistas -- las autodefensas y las guerrillas están echando a todos del campo. Muchos son afro-colombianos, un choque en la blanca y ladina ciudad de Bogotá.

Taller de Vida promueve varios proyectos para incluir a los niños desplazados en la vida ciudadana, para revindicar sus derechos humanos, para mejorar su calidad de vida, y para concientizarles.

  1. Escuelas. Muchos niños campesinos han asistido poco a la escuela, y otros son disnivelizados por edad (un muchacho de 15 años en la primaria). Pocos tienen el costumbre de pasar por la ciudad para asistir el colegio, y todos sufren de exclusión social, por su raza, accento, decendencia, y condición de desplazados.

    Con Amnestía Internacional, Taller de Vida armó un proyecto de investigación y inclusión. Descubrieron por qué los niños desplazados habían abandonado a la escuela, y por qué hubo poca tolerancia a ellos de parte de maestros y administradores. Con esta información, se impulsó un proyecto de nivelización académica y de concientización a las escuelas. Ahora no podemos decir que las escuelas incluyen a todos los niños, pero las condiciones son mejores.

    El trabajo con los profesores empieza con sensibilizar, “porque hay muchos que ni saben cuales son las consecuencias de la guerra, y no entienden por qué, de repente, hay niños negros en sus clases.” Después, capacitan todos los profesores en cómo integrar a los niños en la clase, y cómo evitar que los otros niños excluyan a sus pares desplazados. Por fin, acompañan a los profesores en la clase, y enseñan, cotidianamente, cómo rescatar los saberes del niño. En una clase de biología o ecología, por ejemplo, un campesino sabrá más de animales y tierras. En una clase de política, su perspectiva es importantísima.

    Finalmente, Taller de Vida valoriza al trabajo de los profesores. La investigación conprobó que muchos maestros excluyen sus estudiantes por cansancio y bajo auto-estima, y el Taller intenta contrarrestar a esta tendencia.

  2. Talleres. La violencia y la guerra intentan negar a la humanidad, pero arte y comunicación la recuperan. Taller de Vida patrocina talleres de danza, teatro, y música para revindicar el arte campesino y la herencia afro-colombiana -- y también para enseñar a la gente urbana sobre su riqueza y diversidad. "Un buen resultado de la maldita guerra," dice la directora de Taller de Vida, "es que mescla los grupos segregados, y permite un co-aprendizaje."

    Sin embargo, esta mescla no ha tenido buenas consecuencias hasta ahora. A la muy protocolaria gente bogotana, no le gusta que los desplazados afros toquen su música a alto volumen. La ropa, las costumbres, y el comportamiento generan odio mutuo, por falta de entendimiento. Así, pues, todos los talleres enseñan cómo convivir con el otro -- y todas las obras para el público intentan fomentar la tolerancia.

    Investigaciones cuidadosas han probado que los niños y las niñas participantes en los talleres, a pesar de las cicatrices de la guerra, tienen mejor distreza motriz, son más capaces de hablar en público, y conocen mejores sus derechos (de edad, de género, y humanos) que otros chicos de su edad.

  3. Medicina y salud. Familias campesinas no saben como nutrirse en Bogotá. La comida es diferente y muy cara, y no hay leña para la estufa. En la casa donde se hacen los talleres (en Usme, un barrio de desplazados), las madres de los chicos vienen a cocinar el almuerzo para todos. Las unas aprenden de las otras, y enseñan a las otras. Una mujer de Boyacá (tierra fria) enseña cómo cocinar la papa, y las de tierra caliente enseñan sobre plátanos y frutas. Con la ayuda de una nutricionista, preparan buena comida que pueden imitar en la casa.

  4. Protagonismo y investigación juvenil. Todos los grupos armados (FARC, ELN, Autodefensas, narcotraficantes, ejército, y pandillas de delincuencia común) reclutan en los barrios pobres, pero hay un grupo de jóvenes que contrarresta su influencia. Los “jóvenes investigadores sociales” hacen videos, fotos, y estudios de sus barrios, y los difunden a través de un programa de televisión. Los jóvenes documentan y denuncian las violaciones de los derechos humanos (violencia, reclutamento forzado, amenazas, limpieza social, secuestros), pero también documentan lo bueno de la comunidad, la persistencia de lindas tradiciones, o la gente con el coraje de hacer la paz.

    Este proyecto también revindica la identidad de los desplazados. Un niño que provenía del Chocó (Pácifico), dijo, “hasta que vine a Bogotá, no sabía que yo era negro. Pero vine, y la gente me odiaba por ser negro. Pero con las fotos, les puedo enseñar la belleza de mi cultura.”

    El impacto de este programa es impresionante. Hace unos años, las comunidades de Usme y Soacha (sur de Bogotá) veían los jóvenes negros con miedo -- ellos eran (en el imaginaro social) la fuente de todo mal. Ahora, los jóvenes negros son vistos como líderes comunitarios, y referentes para los demás jóvenes. Cuando construyeron un parque en Soacha, las madres empezaron a decir a sus hijos, “Miren, pibes! Uds. lo pueden hacer, también.”

    Los jóvenes también presenta una obra de teatro, “El mundo anda suelto,” sobre la guerra. Cuenta todo el horror que ellos han vivido, pero en buen estilo colombiano, es una comedia.

  5. Jóvenes constructores de paz. En cooperación con ONG en muchos paises en guerra, Taller de Vida tiene un grupo de jóvenes mediadores de conflicto. En la comunidad, hacen paz entre las pandillas y los actores armados, con diálogo y la construcción de una ciudad más viable. También van a las escuelas (de todas capas sociales) para senibilizar a los profesores y a los estudiantes.

Taller de Vida puede enseñar mucho a otras ONG que deben trabajar en un contexto de violencia. Así, pues, Shine a light pidió sus consejos.

  • La primera cosa importante, dice la directora, es ver a los niños no como víctimas ni como victimarios (aunque lo sean), sino como sujetos portadores de recursos. El reto es cómo potencializar los recursos.
  • Segundo, jóvenes que son protagonistas, respetados en sus comunidades, pocas veces se hacen victimarios -- y, pueden superar a las huellas de la violencia. Hay que abrir espacio por este protagonismo, y hay que construir respeto -- en la comunidad y en la institución.
  • Tercero, hay que valorizar a la diversidad, para que los jóvenes sean un modelo de una comunidad no solo tolerante, sino amador de la diferencia.
  • Por fin, formación política les permite a los jóvenes entender y superar el context de la violencia -- educación popular y militancia política son necesarios.


Taller de Vida
Stella Duque, Directora

Calle 39A No. 25–28
(Barrio La Soledad), Bogotá, Colombia.

teléfonos  2444772 – 2443499 -323 2945
Telefax 757229,

vidataller@tutopia.com
info@tallerdevida.org

www.tallerdevida.org


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