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Lecciones de la experiencia en Bolivia
La crisis del callejerismo que Bolivia vive ahora (vea Notas sobre la coyuntura en Bolivia) ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las actividades que tienen un impacto en la vida de los niños de la calle, tanto como sobre las estructuras sociales y económicas que perjudican los derechos de la infancia. La experiencia enseña algunas lecciones muy importantes a ONGs en otros países.
- Buenos hogares no bastan. En Bolivia se encuentran algunos de los mejores hogares y programas residenciales en toda América Latina, especialmente Mi Rancho y la República de CalleCruz. Estos programas ofrecen una alternativa y una esperanza para algunos chicos, pero las dinámicas familiares que lanzan otros chicos a la calle siguen: a pesar de la presencia de CalleCruz, Mi Rancho, y otros buenos hogares, el número de niños que viven en las calles de Santa Cruz aumentó 360% en los últimos 7 años.
Aquí hay dos problemas básicos. El primero es la dependencia tradicional del estado boliviano en los hogares para remediar todos los problemas sociales. En Bolivia, casi 20,000 niños y niñas viven en instituciones residenciales, y 80% de ellos tienen familias. No es sólo que esta circunstancia es una violación grave a los derechos del niño (un argumento hecho elocuentemente por la Fundación Sepa), sino que implica la pérdida de la oportunidad de trabajar con las familias y las comunidades para hacer un mundo más justo. Tradicionalmente, el hogar ha servido para esconder las fallas del sistema político boliviano; aunque los hogares para niños de la calle son necesarios, es evidente para sus educadores que ellos sólo enfrentan el síntoma, no la causa.
El segundo problema es que hay muy pocos programas de prevención de callejerismo: proyectos que trabajan para que niños y niñas tengan dignidad, reconocimiento, libertad, y opciones de vida dentro de sus comunidades y familias. Con la falta de programas que buscan responder a las necesidades, tanto existenciales como materiales de la niñez excluida, niños y niñas siguen yendo a las calles para buscar comida y dinero, pero también seguridad, libertad, y reconocimiento.
- Aun en comunidades no occidentales, cultura transforma la vida del niño... y de su comunidad. Shine a Light ha visto, sin lugar a dudas, que los programas más poderosos para la infancia excluida son programas fundamentados en la cultura: música, teatro, danza, etc. En Bolivia, se ha visto que esta metodología también es la más eficaz aún con las poblaciones más pobres e indígenas de las Américas: los aymará de La Paz y los Quechua de Chuquisaca. Tanto Compa-Trono (un programa de teatro y música para niños y niñas de El Alto) como el IPTK (danza y artes plásticas en Sucre) han mostrado que la cultura no es un lujo, sino la semilla de la transformación social.
Es importante notar que en los eventos de El Alto de 2005, cuando el movimiento popular derrocó a dos presidentes corruptos, muchos de los líderes eran jóvenes hombres y mujeres que crecieron dentro de movimientos artísticos y culturales: músicos de rap, heavy metal, y música autóctona (algunos que se juntaron en el Wayna Tambo).
- La economía callejera hace que niños viven en las calles más brutales. Las condiciones en El Alto son terribles. A 4100 metros, en verano, hay nieves fuertes. En invierno, las temperaturas llegan a 11 grados bajo cero. El viento congela y el sol quema. Muchos niños y niñas mueren de frío y de enfermedades asociadas con el clima, pero los chicos siguen en las calles de la ciudad, a pesar de todo. ¿Por qué?
Casi todos los niños que viven en las calles del Alto han buscado vivir en lugares más amenos: han viajado a Cochabamba, Santa Cruz, o las Yungas. Sin embargo, los lugareños de la calle en esas ciudades no permiten que se queden, sabiendo que los migrantes de otras ciudades compiten con ellos por dinero que es escaso. En contraste, en El Alto, hay oportunidades para los chicos de la calle: gente que da limosna, mercados para mercancías robadas, prostitución infantil, ventas ambulantes, la necesidad de porteadores en el mercado... Por lo tanto, niños y niñas vuelven al Alto, a pesar de sus pésimas condiciones de vida.
- Ningún niño es "de la ONG tal." En casi todos los países de América Latina, los educadores dicen, "Fulano es de tal programa; le va bien, ¿no?" Es una manera de diferenciar e identificar a los chicos. Las Investigaciones de la Fundación Sepa han mostrado que esta manera de hablar y pensar puede ser muy dañina para el muchacho, porque le quita su autonomía y su identidad. En grande parte, esta ideología puede contribuir a los problemas que tiene muchos jóvenes cuando egresan de programas institucionales. José y María tienen su identidad propia, y no sólo la que surge de la ONG.
De la misma manera que un chico no es "de la calle" (no es su esencia, su ser) ningún chico es "de la ONG"; es algo que hace, no lo que es.
- "Cualquier cosa obligada no funciona." Éste es el lema de Mi Rancho, tal vez el programa residencial más exitoso en América Latina. Desde el principio a fin, Mi Rancho se basa en la libertad y autonomía de cada niño, y se ha visto que cuando tengan esta libertad, hacen buenas decisiones.
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